Esperando al Viento

Tus hijos (¿felicitación?)

Recuerdo, creo que con nostalgia, cómo era mi habitación de hace unos años. Lo de la nostalgia debe ser porque todo empezó a torcerse pocos años después de cambiarla por otra, la actual, y en mayor o menor medida todos somos carne de cañón para las supersticiones. Podría ser peor, hay a quien le da por creer en dioses. Cuando andaba por allí, todo lo que quedaba fuera de esas paredes estaba en su sitio, obediente al destino, a lo escrito en las estrellas. Sin embargo, fue abrir la puerta y todo cambió: no existían futuros pactados, no valía eso que cantaba Doctor Deseo (“mirarse al ombligo y desear sueños de colores hechos para ti”). Joder, como para no añorar aquellos tiempos, si aún estamos reponiéndonos de la bofetada y empezando a asumir. Si conservase algún recuerdo del tacto de un útero, seguro que no sería muy diferente del que guardo de esa habitación.

No había ni un cable, ni triste cacharro. No era la época aún. Hasta el despertador era de aquellos de cuerda en los que un trozo de metal golpeaba a otro. Sólo había libros, muchos y siempre perfectamente ordenados en sus estanterías, fotos y algún adorno. Era la habitación del perfecto niño bien, no le faltaba ni le sobraba nada. Sin embargo, en semejaente burbuja había algo que a la larga demostró ser algo más que pura fachada y parte de una idílica ficción. Era el último párrafo de un libro impreso en el margen de su primera página para reventarte la historia. Era el cartel de “recuerda que vas a morir” en la planta la maternidad de un hospital.

En la más impoluta de las paredes de aquella habitación colgaban dos adornos, de ese material entre el papel y la tela, con sendos textos escritos. En uno de ellos aparecían las siluetas de un hombre y de una mujer cogidos de la mano. El texto me llamaba enormemente la atención desde mucho antes de ser capaz de entenderlo. Había términos y expresiones que, sin saber entonces por qué, no era capaz de entender y me resultaban enormemente nuevas. Aún así, o precisamente por ello, era capaz de recitarlo de memoria. Abajo del todo ponía M. Benedetti, y arriba, con letras azules de mayor tamaño se podía leer: “Hagamos un trato”. Lo que venía a continuación era lo siguiente:

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25 abril, 2008 Posted by | Uncategorized | , | 4 comentarios