Hoy, en el informativo de Telecinco, trataban la noticia de los dos obreros pakistanís muertos ayer al caer desde el andamio en el que trabajaban. Además del tema de la seguridad en el tajo había algo en la noticia sobre lo que es imprescindible reflexionar. Y la cuestión es que se llegan a unas conclusiones muy curiosas.
Se comentaba en el informativo que los obreros muertos, y seguramente sus compañeros, además de no disponer de contrato, recibían 3 euros por hora trabajada. Pongamos que sus jornadas laborales se estiraban hasta las 10 horas. Estaríamos hablando por tanto de hombres adultos, probablemente con pareja y/o hijos, afrontando cada dia con 30 euros en el bolsillo. Hombres que a pesar de la intensa campaña de deshumanización aún presentan ciertos vestigios inconvenientes: comen, beben, duermen…
Así pues, planteada la situación, me pregunto: ¿cuánto cuesta cubrir las necesidades básicas (desayuno, comida, cena, cama, aseo y opcional derecho a cocina) durante un día? ¿Se pueden afrontar con una ínfima garantía de ser satisfehas con 30 euros en el bolsillo?
Observando la situación y respondiendo a la pregunta anterior nos topamos con la paradoja:
En la sociedad capitalista, paraíso de la libertad, la vuelta a la esclavitud supondría una mejora sustancial en las condiciones de vida de una considerable cantidad de personas. En el paraíso de la libertad, la esclavitud, superlativo de la opresión y la alienación, aporta trabajo, alojamiento y alimento asegurados.(*)
Al calor de la paradoja brota la infamia: ¿quién nos iba a decir que si los sindicatos exigiesen el reconocimiento de la condición de esclavos para muchos trabajadores estarían, primero, haciéndoles un favor, y segundo, cumpliendo con su obligación de representación y defensa del trabajador mejor que como lo hacen ahora? Más les valdría hacerlo, de esa manera su sucio y cómplice silencio dejaría de rompernos los tímpanos. Un insoportable silencio que no cesa, que no se rompe ni tras el sordo sonido del cuerpo contra el asfalto, y mucho menos con los gritos de los que nunca fueron más que meros instrumentos propagandísticos, convenientemente utilizados y posteriormente desechados. A Fidalgo le entendemos, es oir “Sintel” y empezar a sentir un horrible dolor de cabeza. Pero, ¿y Cándido? Posiblemente en el palco del Bernabeu, habitat de los más destacados constructores, entre los que hasta hace poco se podía encontrar a Luis del Rivero y Juan Abelló, destacados accionistas de Sacyr, constructora responsable de la obra donde ayer murieron los pakistanís.
Guardan silencio, o quizás callan como putas, pero si se presta atención se puede escuchar un desagradable roer…
(*) Evidentemente la paradoja no existe. ¿Quién ha dicho capitalismo y libertad son siquiera primos lejanos? La paradoja se desvanece cuando volvemos a situarnos en la realidad, que no es otra que la que nos demuestra que son puros antónimos.